Vive. Siente. Aprende

Alnilam y Deneb

Y Alnilam miró a Deneb y buscó sus pupilas y aunque estas no le respondieron, ella siguió sintiéndolas igual de cerca porque las anhelaba, porque quería encontrarlas.

Porque Alnilam, aunque no quisiera, moría por esas pupilas. Hacía vagar sus pensamientos alrededor de ellas, de ese azul oscuro casi negro que ella quería que la absorbiera, que ella quería que la comiese viva y la dejase dentro de ellas.

Porque Alnilam, aunque no quisiera, amaba esos ojos, esa sonrisa, esa respiración, ese cuerpo… los amaba a pesar que ellos nunca la hubiesen respondido, a pesar de que Deneb nunca hubiese mostrado ni un ápice de interés por ella, a pesar de que sus manos nunca se hubiesen rozado, sus labios buscado o sus respiraciones cortado.

Porqué Alnilam, aunque no quisiera, sentía que su vida estaba unida a otros latidos que no eran los suyos. Sentía que sus lágrimas nunca serían recogidas pero nunca podría pararlas, sentía que su imaginación siempre crearía historias, ocurrencias, acciones que nunca ocurrirían pero que ella no podía evitar.

Porque Alnilam, aunque no quisiera, le sentía y le volvía a sentir. No importaba si le veía o no, si le hablaba o no, si le miraba o no, si existía o no.

Y así, dia tras dia, respiración tras respiración, latido tras latido, ella escondía sus sentimientos y pensamientos hacia fuera mientras creaba caminos de palabras por dentro.

Y así, paso a paso, mirada a mirada, letra a letra, una historia se hacía vida en su interior. Una vida que no tenía pulso, que no tenía venas ni arterias pero que tenía corazón. El corazón que ella le ponía cada vez que pensaba en él. Cada vez que imaginaba una conversación. Cada vez que deseaba un beso o una caricia. Cada vez que pedía poder luchar por él, poder morir por él.

Ella era consciente que su continua creación era una historia solitaria y egoísta. Una historia, quizá, bella para aquellos que hubieran podido leerla o verla desde fuera. Pero dentro quemaba, ardía y se congelaba a la vez.

Porque Alnilam, aunque no quisiera, sabía que esa historia, ese dolor, ese sinsentido, esa fuga de sentimientos, ese amor, esa pasión que se desbordaba por sus ojos, estaba sólo en ella y que todos los segundos y minutos de más que ella pensaba en él, eran segundos y minutos que él pensaba de menos en ella.

Porque Alnilam, aunque no quisiera, sabía que no era nada para él. Sabía que ni un sólo pensamiento cruzaba su mente sobre aquella persona que estaba a su lado y anhelaba amor. Sabía que apenas la reconocería si se la encontraba en la oscuridad, que apenas la valoraría si debía nombrarla.

Porque Alnilam, aunque no quisiera, sabía que esa indiferencia no era culpa suya. Era sólo culpa del destino o de la casualidad que había hecho que él, que su corazón, que sus pupilas, que sus manos, que sus pensamientos y deseos no considerasen que ella debía agitarlos y clavarse en ellos.

Pero ella, Alnilam, aunque no quisiera, no podía ni quería parar ese tumulto interior y allí estaba, mirándole, buscándole. Allí estaba, deseando que un encantamiento le hiciese mirarla y verla y amarla como ella le amaba a él.

Raquel Bernardos Rodríguez nació en Madrid y allí realizó sus estudios de Ingeniería Industrial rama Mecánica y del grado de Historia especializándose en Edad Media y Moderna. Desde pequeña, siempre ha sido una gran admiradora de Leonardo Da Vinci por su capacidad de abarcar y profundizar en tantos campos distintos sin desfallecer. Ha trabajado durante más de 15 años en el sector industrial llevando proyectos y equipos alrededor de todo el mundo lo que la ha permitido descubrir lugares increíbles en todos los continentes. Su pasión por aprender y por disfrutar la vida la llevaron a escribir este libro donde intenta mostrar al Da Vinci más humano a través de sus consejos y frases. Es madre de dos hijos a los que intenta inculcar que “el aprendizaje es lo único a lo que la mente nunca agota, nunca teme y de lo que nunca se arrepiente”.

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