Cuentos,  Vive. Siente. Aprende

Retazos de un sueño olvidado (Parte I)

-Me voy a ir, se me está haciendo cuesta arriba estar aquí.

-¿Seguro? ¿no quieres quedarte?

-Seguro, te veo el lunes.

Y sali cual alma que lleva el diablo. Confiando en que la soledad me permitiese llorar y sentirme culpable por mi necedad y mis debilidades.

Mientras sentía que las lágrimas recorrían mis mejillas, caminaba escuchando mis propios pasos, tan fuertes y sonoros como de costumbre. Y yo, en cambio, me sentía hundida y débil por dentro. Me sabía vacía y errada, como un juguete roto que ya no puede ser arreglado y que han dejado en una esquina.

Llegué al semáforo confiando en que las tres manzanas que me quedaban para llegar al calor de mi casa se me hiciesen cortas. No le note junto a mí hasta que puso su mano sobre mi hombro.

-No deberías haberte ido.

No había sorpresa en mi rostro porque realmente no sentí sorpresa. Sentía ira, odio, rencor, amor, dolor… quería arañarle los ojos para que mi mente dejase de recordarlos. Quería coser su garganta para que su voz no resonase en mi cabeza. Quería no ver sus manos para no desear que me abrazaran y acariciaran.

Abrió los brazos y me abrazó. Acariciaba suavemente mi hombro y mi cintura mientras intentaba calmarme y su barbilla estaba apoyada sobre mi cabeza.

-No puede ser- decía. No puede ser. No puede ser.

Movió la cabeza para darme un beso en la cabeza y luego se apartó para darme otro en la frente.

A mi cabeza volvieron como un relámpago las imágenes de la noche en la que estuvimos uno en brazos del otro.

Siempre lo estropeaba el alcohol. Ojalá hubiese disfrutado más ese momento.

No era capaz de subir la cabeza y mirarle. Me sentía paralizada. Como era posible que aquel sentimiento me hubiese reducido de aquella forma. ¿Dónde estaba la personalidad fuerte y segura?¿Dónde se había quedado y que la había llevado a auto destruirse así?¿Y por qué?¿Para que había ido a buscarme?¿Para regocijarse de mi dolor y de su poder sobre mí?

-Tengo que irme.

Me libré de su abrazó y crucé.

No vino detrás.

Necesitaba cambiar algo. Y él no iba a hacerlo. Quizá había conseguido lo que buscaba. Alejarme de mi vida y perderme en las tinieblas.

Raquel Bernardos Rodríguez nació en Madrid y allí realizó sus estudios de Ingeniería Industrial rama Mecánica y del grado de Historia especializándose en Edad Media y Moderna. Desde pequeña, siempre ha sido una gran admiradora de Leonardo Da Vinci por su capacidad de abarcar y profundizar en tantos campos distintos sin desfallecer. Ha trabajado durante más de 15 años en el sector industrial llevando proyectos y equipos alrededor de todo el mundo lo que la ha permitido descubrir lugares increíbles en todos los continentes. Su pasión por aprender y por disfrutar la vida la llevaron a escribir este libro donde intenta mostrar al Da Vinci más humano a través de sus consejos y frases. Es madre de dos hijos a los que intenta inculcar que “el aprendizaje es lo único a lo que la mente nunca agota, nunca teme y de lo que nunca se arrepiente”.

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