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Tú querías amar, yo quería amarte a tí

En un mundo en el que intentar amar profundamente parece vano. En el que sentirse apoyado, querido y cuidado suena a la letra de una canción pero no a una realidad que podamos vivir. En un mundo en que las prisas suplantan a los abrazos, las críticas a los te quiero y donde nos llevamos llevar por el día a día en vez de imponer nuestros sentimientos.

En un mundo donde cada vez se publican más libros de romance porque parece más fácil encontrar pasión y lucha por la persona amada en las palabras escritas y no en los hechos reales. Un mundo que parece haber destruido el canon de la familia. Un mundo que parece buscar individuales y no conjuntos.

La fuerza de amar a alguien y ser correspondido no está en estar acompañado por las noches o que ambos puedan hacer la cena. La fuerza de amar a alguien profundamente y ser correspondido de la misma forma es que, cuando eso ocurre, ambas personas crecen, ambas personas son capaces de dar lo mejor de sí mismas por saberse queridas y apoyadas por el otro. Y, con ello, el mundo crece, porque crece en la misma medida en que ellas crecen y se desarrollan por separado y en conjunto.

El vacío de una pareja reside en la falta de comunicación. Reside en que cada uno mire a su teléfono móvil en vez de mirar a los ojos del otro y sonreír sin motivo. Reside en que parece más fácil gastar horas en el trabajo que sentarse a escuchar los pensamientos del otro para acompañarle y apoyarle en sus dudas o certezas.

Todos sentimos que queremos amar, pero nos olvidamos que amar no es sólo una palabra que aparece mientras ponemos Spotify en el coche o vemos una serie de Netflix. Cuando hablamos de amar a alguien, el sentido de ello no está en el verbo sino en la persona a quien amamos.

Cuando la persona a quien amamos deja de estar presente, consciente o inconscientemente, en nuestros pensamientos y sentimientos, esa persona se vuelve invisible a nuestro corazón. Cuando la persona a quien amamos deja de escucharnos, la escalera construida conjuntamente para ascender la montaña de la vida se resquebraja y pierde escalones haciéndonos sentir solos y más vulnerables. La fortaleza se vuelve miedo y la certeza anterior se vuelve duda.

Por eso es tan importante cuidar el amor a alguien cuando se ha encontrado. Porque es un milagro en los días que habitamos. Por eso yo no quiero amar, yo quiero amarte a tí.

Raquel Bernardos Rodríguez nació en Madrid y allí realizó sus estudios de Ingeniería Industrial rama Mecánica y del grado de Historia especializándose en Edad Media y Moderna. Desde pequeña, siempre ha sido una gran admiradora de Leonardo Da Vinci por su capacidad de abarcar y profundizar en tantos campos distintos sin desfallecer. Ha trabajado durante más de 15 años en el sector industrial llevando proyectos y equipos alrededor de todo el mundo lo que la ha permitido descubrir lugares increíbles en todos los continentes. Su pasión por aprender y por disfrutar la vida la llevaron a escribir este libro donde intenta mostrar al Da Vinci más humano a través de sus consejos y frases. Es madre de dos hijos a los que intenta inculcar que “el aprendizaje es lo único a lo que la mente nunca agota, nunca teme y de lo que nunca se arrepiente”.

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