El muro de cristal
Todos tenemos un muro. Un muro que separa nuestro yo del resto.
Todos tenemos un muro. Un muro que nos protege del odio, del miedo, del desamor o de la violencia.
Todos tenemos un muro. Pero no es el mismos muro para todos.
Hay muros gruesos y fuertes, indestructibles como el acero templado que se erige robusto. Han sido capaces de crearlo las personas que se sienten seguras y queridas aunque pueden llegar a ser oscuros y solitarios.
Hay muros que son débiles y están hechos de humo o sombra. Personas que han perdido la confianza en sí mismas y el muro que las protegía. Personas que no saben encontrar el amor a ellos mismos y que pueden ser heridos o dañados por todo su alrededor y aún más por ellos mismos ya que son sus mayores enemigos.
Hay muros falsos, que parecen gruesos y son muy finos en realidad. Son aquellos que pertenecen a gente que muestra una cara y una personalidad hacia fuera pero en su intimidad tiemblan como una hoja ante el viento. O quizá que están ciegos ante su propia realidad porque temen decepcionarse a sí mismos.
Hay muros de cristal, que reflejan la luz y parecen destellar pero son frágiles en su interior. Estos son, quizá, los más difíciles de ver. Personas que brillan y con su reflejo hacen brillar a otras. Personas en las que la gente se apoya porque dan seguridad. A la vez, son personas que caminan en un filo peligroso. Porque el cristal, aunque brille, es en realidad frágil y un mínimo golpe, con el ángulo adecuado, lo destruye.
Estos muros son cambiantes y evolucionan con nosotros mismos.
Estos muros no son indestructibles y la vida los pone a prueba a cada paso.
Estos muros pueden tener puertas por donde permitimos asomarse a otros o pueden ser completamente cerrados creando aislamiento positivo o negativo en la persona que consciente o inconscientemente los ha clausurado.
Estos muros nos definen y conforman.
Estos muros nos ayudan o nos destruyen.